Tras más de 20 años utilizando winamp y shoutcast en un viejo portátil con Windows XP para hacer este programa, finalmente he dado el salto definitivo al software libre. Tras instalar un linux Fedora 28 Cinnamon en otro modesto viejo portátil (con sus 10 añitos a sus espaldas), la Temporda 23 y sucesivas de La Frontera Perdida las estoy grabando con Ardour. Y no, no es lo mismo. (Aunque al final sí).
Adiós, winamp. Siempre te echaré de menos.
Lugar para registrar ocurrencias, devenires, divagaciones, trivialidades y demás acontecimientos mundanos (intrascendentes o no).
20 octubre, 2018
17 enero, 2017
23 septiembre, 2016
Don Buchla, el otro padre del sintetizador
El Mundo
Lo habitual es que se identifique a Robert Moog, aquel afable inventor con una hilera de bolígrafos en el bolsillo de la camisa y el pelo enmarañado, como el padre del sintetizador, el instrumento que inició la revolución de la música electrónica en los años 60. Pero lo cierto es que, si bien Moog fue el primer empresario en poner a la venta uno de esos armatostes primitivos rebosantes de cables y émbolos giratorios, no había sido la primera persona en imaginar un instrumento de esas características, ni siquiera el primero en buscar financiación para emprender la tarea. En ese aspecto, el puramente conceptual, se le había adelantado Don Buchla.
Buchla, tres años más joven que Moog, era en 1963 un estudiante de física en la universidad de Berkeley que había entrado en contacto con una incipiente comunidad de artistas de la música contemporánea en California -fundamentalmente, la que se desarrollaba alrededor del San Francisco Tape Music Center-, y que empezó a trabajar en un proceso de síntesis que sirviera tanto para la composición como para la ejecución en directo, algo que no permitían, por ejemplo, los procesos de collage con cinta magnética. Lo hizo a petición de dos jóvenes músicos de la zona, Morton Subotnick y Ramón Sender, y su respuesta fue el llamado Buchla’s Music Box, un prototipo de lo que más tarde sería su primer modelo de sintetizador, el llamado Buchla 100.
Tanto Moog como Buchla patentaron sus inventos en 1966, con escasas semanas de diferencia y sin que hubieran sabido nunca el uno del otro. Habían llegado a resultados parecidos a partir de planteamientos distintos -una competición de ideas que remitía a la que, siglos atrás, protagonizaron Newton y Leibnitz con la invención del cálculo, o la de Edison y Tesla durante la guerra de las corrientes eléctricas a finales del XIX-, aunque sólo Moog disfrutaría de verdadero éxito comercial. Su línea de sintetizadores sería la más aceptada y la que, en los años posteriores, popularizaron los gigantes del rock sinfónico, los pioneros de la música disco y del pop electrónico. El invento de Buchla, en cambio, alcanzó un enorme prestigio en toda clase de disciplinas experimentales.
La diferencia fundamental entre un sintetizador y otro, y en sus evoluciones -o sea, el MiniMoog y el Buchla 200-, consistía en que el instrumento de Moog incorporó un teclado, mientras que el de Buchla era un dispositivo más táctil y complejo. Su sonido, por tanto, era más afilado e impredecible, casi como un código alienígena que abría caminos fuera del lenguaje tonal. Bucha mantuvo el control de su empresa hasta 2012, cuando se le diagnosticó un cáncer, y tanto el Buchla 200 como sus evoluciones posteriores -se llegó hasta el Buchla 700 y hubo un modelo portátil, el Music Easel- están considerados hoy como instrumentos de culto, muy buscados y bien pagados por los coleccionistas. El sonido de un Buchla sigue siendo garantía de aventura y texturas asombrosas: a lo largo de las décadas ha dado origen a varias obras maestras de la música electrónica, como los respectivos primeros álbumes de Morton Subotnick (Silver apples from the Moon) y Suzanne Ciani (Seven waves), y todavía están en la base del trabajo de figuras actuales de la música experimental como Alessandro Cortini -responsable del diseño electrónico de la banda industrial Nine Inch Nails- o Kaitlyn Aurelia Smith.
Don Buchla nació el 17 de abril de 1937 en South Gate (Estados Unidos), y murió el 14 de septiembre de 2016 en San Francisco.
En los años 60, cuando amanecía la música electrónica, Don Buchla fue el primer ingeniero que trabajó en el diseño de un instrumento pionero, el sintetizador, y se convirtió en el gran rival creativo de otro genio visionario, el doctor Robert Moog, quien sí fue el primero en comercializarlo.
Lo habitual es que se identifique a Robert Moog, aquel afable inventor con una hilera de bolígrafos en el bolsillo de la camisa y el pelo enmarañado, como el padre del sintetizador, el instrumento que inició la revolución de la música electrónica en los años 60. Pero lo cierto es que, si bien Moog fue el primer empresario en poner a la venta uno de esos armatostes primitivos rebosantes de cables y émbolos giratorios, no había sido la primera persona en imaginar un instrumento de esas características, ni siquiera el primero en buscar financiación para emprender la tarea. En ese aspecto, el puramente conceptual, se le había adelantado Don Buchla.
Buchla, tres años más joven que Moog, era en 1963 un estudiante de física en la universidad de Berkeley que había entrado en contacto con una incipiente comunidad de artistas de la música contemporánea en California -fundamentalmente, la que se desarrollaba alrededor del San Francisco Tape Music Center-, y que empezó a trabajar en un proceso de síntesis que sirviera tanto para la composición como para la ejecución en directo, algo que no permitían, por ejemplo, los procesos de collage con cinta magnética. Lo hizo a petición de dos jóvenes músicos de la zona, Morton Subotnick y Ramón Sender, y su respuesta fue el llamado Buchla’s Music Box, un prototipo de lo que más tarde sería su primer modelo de sintetizador, el llamado Buchla 100.
Tanto Moog como Buchla patentaron sus inventos en 1966, con escasas semanas de diferencia y sin que hubieran sabido nunca el uno del otro. Habían llegado a resultados parecidos a partir de planteamientos distintos -una competición de ideas que remitía a la que, siglos atrás, protagonizaron Newton y Leibnitz con la invención del cálculo, o la de Edison y Tesla durante la guerra de las corrientes eléctricas a finales del XIX-, aunque sólo Moog disfrutaría de verdadero éxito comercial. Su línea de sintetizadores sería la más aceptada y la que, en los años posteriores, popularizaron los gigantes del rock sinfónico, los pioneros de la música disco y del pop electrónico. El invento de Buchla, en cambio, alcanzó un enorme prestigio en toda clase de disciplinas experimentales.
La diferencia fundamental entre un sintetizador y otro, y en sus evoluciones -o sea, el MiniMoog y el Buchla 200-, consistía en que el instrumento de Moog incorporó un teclado, mientras que el de Buchla era un dispositivo más táctil y complejo. Su sonido, por tanto, era más afilado e impredecible, casi como un código alienígena que abría caminos fuera del lenguaje tonal. Bucha mantuvo el control de su empresa hasta 2012, cuando se le diagnosticó un cáncer, y tanto el Buchla 200 como sus evoluciones posteriores -se llegó hasta el Buchla 700 y hubo un modelo portátil, el Music Easel- están considerados hoy como instrumentos de culto, muy buscados y bien pagados por los coleccionistas. El sonido de un Buchla sigue siendo garantía de aventura y texturas asombrosas: a lo largo de las décadas ha dado origen a varias obras maestras de la música electrónica, como los respectivos primeros álbumes de Morton Subotnick (Silver apples from the Moon) y Suzanne Ciani (Seven waves), y todavía están en la base del trabajo de figuras actuales de la música experimental como Alessandro Cortini -responsable del diseño electrónico de la banda industrial Nine Inch Nails- o Kaitlyn Aurelia Smith.
Don Buchla nació el 17 de abril de 1937 en South Gate (Estados Unidos), y murió el 14 de septiembre de 2016 en San Francisco.
08 mayo, 2016
Muere Isao Tomita, compositor y padre de la música electrónica
El compositor japonés, pionero de la música electrónica y aficionado al uso de sintetizadores Isao Tomita falleció a los 84 años por un fallo cardíaco en un hospital en Tokio, informó su discográfica. Su álbum Snowflakes are Dancing (1974) está considerado uno de los mejores de este género.
En el disco, el músico japonés incluyó una versión con arreglos de “Clair de Lune” (“Claro de luna”), del compositor francés Claude Debussy (1862-1918), que atrajo hacia él la atención internacional y le brindó cuatro nominaciones a los Premios Grammy.
Dicho trabajo incluía también la pieza “Arabesque No. 1”, una vez más de Debussy, que Televisión Española (TVE) utilizó como sintonía para su programa “Planeta imaginario” (1983-1986).
29 febrero, 2016
Ennio Morricone gana el Oscar a la Mejor Banda Sonora por ‘Los Odiosos Ocho’
87 años y cinco bandas sonoras nominadas al Oscar sin éxito... Hasta hoy.
El maestro italiano Ennio Morricone atesoraba una impresionante carrera de compositor cinematográfico que el destino había esquinado injustamente. Cuando la pasada noche sonó su nombre en el Teatro Dolby, en Hollywood, Morricone se llevó la ovación más larga de la noche, con el auditorio en pie, mientras él miraba emocionado a los que le aplaudían apoyado sobre el atril y con una pequeña hoja de papel entre las manos, en la que tenía escritos sus agradecimientos y que leyó en italiano.
La banda sonora de ‘Los Odiosos Ocho’, de Quentin Tarantino, le recompensaba al fin con la más merecida de las estatuillas.
10 enero, 2015
Nada
2015. Estrenamos año nuevo.
Tras los excesos propios de estas fechas y tras la vorágine de cerrar el año y publicar en el mismo mes el sampler 16 y el Christmas sampler 2014, de repente me entra una pereza inmensa a la vista del futuro inminente que ya se vislumbra.
Hago un balance rápido a volapié (poco riguroso, pero no creo que muy desencaminado de otro más concienzudo y realista) y me digo, un tanto desencantado: "si ahora decidiera colgar los bártulos y cerrar el programa, ¿qué? ¿Qué pasaría si no existiera el programa 808 ni ningún otro futuro? Si cada martes, en lugar de las 2 horas habituales de recomendaciones personales, sólo existiera el silencio. Si desapareciera, así, sin más."
Y automáticamente me vienen a la mente un puñado de nombres y de rostros amigos y conocidos que me preguntarían "¿qué ha pasado, cuándo vuelves?". Un puñado. El resto de los mortales permanecerían impasibles, imperturbables, ajenos a tan (in)trascendental acontecimiento. Porque, admitámoslo, el hecho es absolutamente intrascendente. Nada pasaría.
NADA.
A veces (cotilla que es uno) me da por echar un vistazo a las estadísticas. Saber cuántas descargas/audiciones hay de los programas, cuáles son los más populares, etc. Y también ojear a "la competencia", a los compañeros que hacen programas presuntamente afines y ver cómo les va a ellos. Y a menudo descubro que, por mucho que pase el tiempo, mi "popularidad" no parece progresar. Es como si siempre me escucharan los mismos (lo cual está MUY bien, sinceramente). Pero se me antoja un tanto extraño que, a pesar de llevar ya 22 años en esto (10 en Internet), la cosa no evolucione. No parece creíble que los cuatro gatos que me siguen sean todos los que son. Estadísticamente no me cuadra.
Estadísticamente esos tienen que ser la punta del iceberg. Debajo tiene que haber una inmensa minoría que no se han enterado de que estamos por aquí. Que están escuchando música "para biodanza", "para meditación", "para la creatividad", "para la inteligencia emocional", "para la limpieza energética", "música sanadora", etc, etc, etc. Y esto no me lo estoy inventando. Esto es así. Estas etiquetas que he entrecomillado son las más populares en este tipo de música. A (casi) nadie parece importarle nuestro disco de la semana; disco que, bajo mi personalísmo y arbitrario criterio, les da cien mil vueltas a sus terapias monocordes de relajación.
Paralelamente, los programas que dedico temáticamente a la música ambiental/espacial (donde he acabado, a petición del respetable, por no presentar la música y dejar que suenen 2 horas de sonidos excepcionalmente planos en una especie de orgía trascendental de no se sabe muy bien qué) son los más descargados. Con diferencia.

Visto lo visto, uno concluye con pasmosa facilidad que el esfuerzo que dedica a "toda la parafernalia" (manera simpática de definir la labor de búsqueda, filtrado, selección, ordenación, presentación y ascensión a las redes) tal vez -tal vez- podría obviarse en favor de otras labores menos productivas pero tal vez -tal vez- más gratificantes, egoístamente hablando.
O sea, que para qué preocuparse, ¿no?
Porque (casi) nadie se percataría del apagón. Nadie.
[Pausa valorativa].
Y uno podría dedicarse a esos mismos menesteres, pero para sí mismo. Egoístamente.
Yo seguiría descubriendo música porque no me imagino dejando de hacerlo. Pero no la empaquetaría convenientemente en un programa de radio de 2 horas para disfrute de mi audiencia. Como mucho la recomendaría a través de twitter o facebook y que cada uno se busque la vida como buenamente pueda. Si le interesa. Y si no, aquí paz y después gloria.
Y la Tierra seguiría girando. Como si nada.
O sea, que para qué preocuparse, ¿no?
Porque (casi) nadie se percataría del apagón. Nadie.
[Pausa valorativa].
Y uno podría dedicarse a esos mismos menesteres, pero para sí mismo. Egoístamente.
Yo seguiría descubriendo música porque no me imagino dejando de hacerlo. Pero no la empaquetaría convenientemente en un programa de radio de 2 horas para disfrute de mi audiencia. Como mucho la recomendaría a través de twitter o facebook y que cada uno se busque la vida como buenamente pueda. Si le interesa. Y si no, aquí paz y después gloria.
Y la Tierra seguiría girando. Como si nada.
01 octubre, 2014
Sine Modus Operandi
En junio de 2014 Slumdar me hace una proposición (decente): "¿qué te parece si nos divertimos? Yo te mando un tema comentado y tú me lo contestas según lo que ese tema te sugiera con otro tema. Y así ad infinitum. Y de aquí podremos sacar un programa entre los dos."
Y la propuesta me pareció muy interesante. Sobre todo porque me consta que Mr. Slumdar es de esos que tienen los zapatos polvorientos de patear senderos musicales de todo pelaje y condición. Porque los prejuicios no le arredran y porque estaba convencido de que me iba a sorprender y que iba a aprender más en "este juego" de lo que me podía imaginar. Y además, para qué negarlo, me lo iba a pasar en grande con el experimento.

De este modo nuestras experiencias irán interactuando para entretejer un espacio sonoro, cuando menos ecléctico, sorprendente y, desde luego, enriquecedor.
Diusfruten.
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