18 septiembre, 2009

¿Y a mí qué?

Veamos una escena típica. Adolescente, vaqueros, deportivas, pelo descuidadamente cuidado. Queda a diario con los colegas a la salida del "insti" para practicar alguno de sus deportes habituales (tomar unas birras o echar unas canastas, táchese lo que proceda). Por supuesto, tiene un móvil de última generación donde almacena compulsivamente politonos, fotos, vídeos y demás virguerías. Además, lo utiliza habitualmente como reproductor de mp3 y le gusta presumir ante sus colegas de sus recientes adquisiciones musicales. Es un tipo moderno y está a la última. Suelen usar el móvil como los abuelos usaban los transistores o, mejor todavía, los chicos de Harlem utilizaban aquellos "loros" grandes como maletas que portaban sobre un hombro, aireando a 6 kilómetros a la redonda su música para que quede claro que son tipos guays.


Como hay, mil arriba, mil abajo, unas 15.000 canciones de moda y cada tres cuartos de hora suelen aparecer otras 500, nuestro simpático amiguito tiene el ordenador de su habitación calentito descargando a todo tren todo lo que pilla para pasarlo a su flamante móvil tan raudo y veloz como la conexión de banda ancha de que disfruta. Cómo mola. Mañana se las pongo a los colegas pa que lo flipen. Seguro que no tienen el último éxito de John Smith y los Cabras Locas.

Y es que, claro, a estas velocidades cualquiera se gasta en CDs las ingentes cantidades de dinero que supondría estar al día.

Hay voces que critican esta vorágine. La industria discográfica se arruinará, dicen. Los artistas morirán de inanición, se lamentan. Pero no nos engañemos, siempre salen ganando los mismos, los que tienen el apoyo de una dicográfica potente, con un márketing tremendo y una distribución favorable. Y si no, fijaos en los premios (Grammy, Amigo o como prefiráis llamarles). Siempre son los mismos. ¿Quiénes suenan en las radios comerciales? Pues esos.

Entonces, ¿qué está pasando? ¿Por qué un artista consagrado puede tener una casa en Beverly Hills, un Ferrari y un jet privado y otro un poco menos consagrado se lamenta por las esquinas? Pues porque la música, como todo en la industria del entretenimiento, es un negocio. Y hay muchos intereses creados. Y muchos amigos a los que se les deben favores. Y la pela es la pela. Así que, o rindes, porque necesito obtener beneficios, o no invierto en tí. Y las discográficas no se la juegan con el primer mindungui que asoma por la puerta acristalada del director ejecutivo. Hay que demostrar que se va a recuperar la pasta. Y a ser posible, ganar. Si es bastante, mejor. Y eso cuesta. Unos dirán que sudor y lágrimas. Pero en realidad cuesta, sobre todo, dinero.

Y mientras los reponsables encorbatados no cambien el chip, esto seguirá siendo así forever. Y los colegas de nuestro protagonista continuarán "buscándose la vida" porque para ellos la pela también es la pela.

Y, sinceramente, si el artista de turno no puede permitirse tener un descapotable, ¿a mí qué?

1 comentarios:

NIMRIL dijo...

No está mal la entrada, pero creo que debería ser más contundente y poner nombre y apellidos a lo que es, para que la gente sepa de que va esto del negcio de la cultura, porque esto que sucede con la música, ay! está por llegar (de forma inminente) con la literatura. Es así de claro, aquí ganan 3, siempre 3 y el artista que no tiene ni dinero ni padrino, aunque tenga calidad se abre paso con mucha dificultad, malamente diría yo.
Pero claro con la falta de valores y capacidad crítica que existe hoy en día, el que alguien que con esfuerzo y calidad luche sin medios y se ahogue en la indiferencia, es una cosa que... ¿a mí qué me importa?

 

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